viernes 10 de julio de 2009

AMO...

Sin mediar petición alguna se encuentran los dos en medio de la habitación de Francesco. Fiona lo invita a desnudarse desnudándose ella. Primero descubre sus pechos, luego la curva de su espalda y sus piernas perfectas al quitarse la falda. Francesco se siente atrapado por su joven compañera y temeroso acaricia sus hombros, baja por su espalda hacia su cintura, para de un golpe pegarla a su piel. Fiona no se resiste, le pregunta: ¿Amo, como puedo servirte? Francesco confuso imagina mil ideas y comienza a ver sus pensamientos ejecutados con la mayor rapidez. Navegan juntos por senderos desconocidos hasta ese momento por Francesco, lo lleva a la desesperación de persistir en un goce permanente. Lastima su piel con las uñas. Lame cada centímetro de su cuerpo, saborea con agrado su humedad. El corazón de Francesco parece estallar, y envuelto en un placer sin fin lo mantiene extasiado. Fiona le susurra al oído: “¿Qué más quieres?”

Así pasan días y noches. El mundo de Francesco se ha convertido en todo aquello que ha deseado y soñado. Pero en el rostro de Francesco, poco a poco, comienza a asomarse el horror y la inquietud. La monotonía de la situación ya le disgusta, el placer si fue convirtiendo en dolor y el deseo en ausencia. Francesco no recuerda cómo conoció a Fiona, siglos de doloroso placer lo separan de aquel momento en la caverna de la playa cuando él desafió la leyenda del lugar. Francesco decide terminar con aquel goce, y le dice a Fiona:

- “Fiona debéis irte”.

Fiona responde:

- “Te he servido. He hecho todo lo que quisiste. Sabías a quien te entregabas y ahora no puedes escudarte en tu ignorancia”.

Y para recordarle con quién estaba toma la espeluznante forma de cabeza de camello, igual a como se apareció por primera vez ante Francesco en la caverna junto la playa, y vuelve articular con vos de trueno aquella tenebrosa frase:

- “¿En que forma quieres que me aparezca para serte agradable?” Y estalla en una risa humana más horripilante aún que su imagen, saca una lengua desmesurada… y lame entero su cuerpo.



P.d.: Versión libre sobre El diablo enamorado de J. Cazotte (1772).

Los pensamientos negros regresan a sus habitaciones rojas para todos aquellos que no habeís podido leer la entrada en el Mundo de Angie.


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domingo 21 de junio de 2009

REENCUENTRO

Enlazados como humo de llamas ardientes los descubrió un verano. Sus manos buscaban el terciopelo de su piel, sus ojos de almendra lo capturaban. Le gustaba descubrir sus pechos tiernos bajo su camisa blanca. Él le enseñó el erotismo y la sensualidad en cada encuentro. Jugaba con su cuerpo como se juega un juego prohibido: con el placer clandestino de ser descubierto. Un deseo irresistible los había envuelto, pero la culpa y el remordimiento lo alejaron bruscamente un mañana de invierno. Ella, por entonces, tenía 17 años, y él ya poseía una prospera carrera lejos de su tierra.

Veinte años han pasado, y hoy se reencuentran en su pueblo natal. Ella quedó marcada por aquella pasión. Le eran irresistibles los modos suaves y apasionados que había conocido en sus brazos. Se rendía frente a sus relatos ensoñadores que creaban mundos de fantasías compartidas. El calor de su piel la buscó en otros hombres; el suave murmullo de su voz nunca lo encontró en ellos. La humedad, el goce y el erotismo nacieron en su cuerpo junto con la desolación que le produjo su partida. Sabía que él no volvería…

Llevaron vida separadas Ella se quedó en el pueblo. Él, en Roma, hizo una carrera brillante y llena de ascensos. Hoy la volvió a encontrar entre la gente que fue a recibirle en la Piazza Maggiore. Ella estaba tan bella como la recordaba, y él no pudo resistirse a invitarla a una visita privada en las habitaciones que ocupaba en la chiesa.

Conversaron de todo ese tiempo pasado. Ella sabía de su nuevo status y no sin malicia fue a su encuentro en la plaza del pueblo. Él pensó que todo estaba olvidado, convencido estaba de que su presencia no lo perturbaría, pero de pronto se encontró desnudo y sediento bajo sus atavíos. Su mirada audaz y penetrante le fue llenando de deseo, y luego de una hora de aparente serena conversación se encontró nuevamente en sus brazos, sordo y mudo a su alma, entregado como hace veinte años atrás. Ahora ya no había culpa, ni remordimientos, podía vivir libremente ese momento para eso ahora él era el Papa…

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domingo 14 de junio de 2009

VIDAS PARALELAS

"Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la pluralidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tuvieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, como yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger indigentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso de otros frentes, y una solución económica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Las amaba a todas al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y en este sentido, libres de mi desamor. Envejecimos juntos en la clandestinidad que fue una condena y una gloria. "

P.d.: Héctor Aguilar Camín (2002), Las mujeres de Adriano

domingo 7 de junio de 2009

ARTILUGIOS

Desde que el jardinero le descubrió a Camille un sinnúmero de artilugios eróticos, ella no dejaba de demandar más y más. Nuevas formas de sentir su presencia sin su presencia, en la distancia y la cercanía. Esa tarde, como tantas otras, estaba a la espera de que su marido se marchase para entregarse a los juegos alocados e íntimos que solía jugar con su adorado jardinero… Llevaba escondido en su ser uno de sus artilugios preferidos. Pero Fran, obsesionado con recuperar el amor de Camille, decidió quedarse en casa y quizás recuperar algo de lo que alguna vez tuvieron juntos.

Ella expectante y nerviosa se paseaba por la casa como fiera enjuagada en medio de la selva. Veía su libertad cercana a través de los ventanales, su jardinero cortando rosas, Fran cortando esperanzas y ella cortando el tiempo en la podadora del deseo.

Por fin, Camille sale al jardín e invita a Fran, en voz alta, a cenar:

- Esta noche quiero ir a cenar al nuevo restaurante de la calle Mayor.

- Si, Camille iremos, responde Fran

En el restaurante se sientan en una mesa aislada. Camille tiene la vista clavada en el plato y sólo responde con monosílabos. De pronto, siente una suave sacudida en sus entrañas. Está decidida a no levantar su mirada, terca y ensimismada disfruta de cada temblor.

Cuando llega el café a Camille las entrañas le queman, un fuego de deseo la envuelve. La lascivia comienza a instalarse en su mirada. Pertinaz en su indiferencia hacia Fran, sus manos se aferran al mantel de la mesa, su pecho se agita, sus pezones se yerguen y un suave gemido se desprende de su boca entreabierta.

Fran sorprendido ve frente a él regresar a la Camille de la que está enamorado, con la boca exquisita del deseo recorriéndole el cuerpo entero. Fran piensa y especula sobre el comportamiento inesperado de Camille mientras ella levanta la vista, y dirige una mirada serena y voluptuosa que atraviesa a Fran y llega hasta el jardinero que está sólo, sentado en una mesa en el fondo del salón, jugando con un mando en su mano derecha.



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domingo 31 de mayo de 2009

UN TRAMO DE LA NOCHE


Estábamos tomando cervezas. Mientras nos reíamos y conversábamos yo hacía un barquito de papel con una servilleta del bar.

Ella estaba en una mesa al fondo, dibujando, leyendo, llorando. Las penas le salían por las manos y por la piel. Cuando ya nos íbamos, me acerqué a su mesa, le di el barquito de papel y le dije:

- Un barquito de papel para sacar a navegar las penas.

Ella me miró asombrada y también triste. No me dijo nada y me dijo todo con la mirada. Me di media vuelta y me fui.

Durante dos años la he pensado. La he soñado allí sentada, con su pena en los ojos, con las lágrimas en el corazón. He sentido su piel, su olor, su calor, su voz que nunca había escuchado… Se me imponía, sin razón ni por qué... Hasta un mes atrás, cuando regresaba de Roma, y el destino me sorprendió en el aeropuerto. Una azafata me dio una nota que decía: “Entre el penúltimo y el último tramo de la noche existe un escalón falso, un pasaje secreto donde la realidad se desdobla. En ese lugar te encontré, en ese lugar me regalaste un barquito de papel para navegar las penas. Ese barco me ha traído hasta tu costa, esa isla de sueño a la que siempre vuelvo a visitarte”. Un beso. Marielle.

Pregunté a la azafata hacia dónde había ido, me señaló el embarque internacional, corrí y ella embarcaba con destino a Frankfurt. Desde la sala de espera se despidió, se llevó una mano a la boca y dejó navegando un beso en el aire.

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domingo 24 de mayo de 2009

MAGDALENA…


Se refugió del pertinaz frío en la iglesia más cercana. Acurrucado y somnoliento se fue durmiendo en un banco envuelto en sombras.


Súbitamente escucha pasos, un murmullo, y luego gemidos, dulces gemidos. Pensó que estaba solo pero esas voces decían lo contrario. Se asomó curioso y vio dos seres desnudos, tendidos sobre el frío mármol del altar disfrutando de un encuentro. Las sombras le impedían ver sus rostros, pero sus cuerpos se entrelazaban y danzaban como sombras inmóviles. Jugaban ese juego que sólo saben jugar aquellos que se aman, aquellos que se encuentran a hurtadillas bajo una cúpula ajena y protegida. Jugaban ese juego que sólo saben jugar los alegres de alma, aquellos que se entregan al oleaje de sus pasiones verdaderas.

Cambiaron de lugar, cambiaron de posiciones. Las columnas góticas sostenían sus cuerpos erguidos. Los bancos de madera crujían acompasando sus movimientos. La lápida del Cardenal fallecido en el siglo XV fue testigo de sus fluidos. Una noche de pasión sin duda…

Sereno el día comenzaba asomar, y entonces sorprendido escuchó:


- Hasta la noche mi señor.


- Hasta la noche Magdalena.


El hombre se acomodó en la cruz que pendía sobre la pared de fondo del altar mayor, y ella presurosa, arropada en su manto, ocupó el altar lateral de la Virgen Magdalena


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domingo 17 de mayo de 2009

EL COLECCIONISTA


El coleccionista encuentra una mariposa única en sus colores: negro, lilas y blanco se funden en dibujos que hacen de sus alas formas ideales, y decide retenerla para su colección. Pero antes de perpetuarla en el instante de la muerte la retiene en una caja de cristal para verla y disfrutarla mejor. Por la noche, al acostarse, ve la mariposa posada en un ángulo de la caja, le parece que lo mira como suplicante. Decide dejarla libre en su casa para que disfrute de sus últimos vuelos.

La mariposa se posa sobre su pecho y así arropado por ella se duerme. Un sueño de colores y terciopelo lo acompaña toda la noche. Un su sueño la mariposa toma forma de mujer y lo ama tan profundamente como nunca había sido amado. Su cuerpo de mujer se entrelaza como sombra de fuego a su piel. Las caricias lo recorren entero. Lo lleva al borde del abismo y lo deja caer en un baño de lluvia de estrellas, rescatándolo para volver a empezar. Su mirada y su voz traspasan los muros de la soledad y lo dejan extasiado en busca nuevos soles y nuevos cantares. La humedad de su piel y sus exquisitos aromas lo encantan como cantos de sirenas desde la mar. Es transportado a embestir, sin respeto ni pudor, esa intimidad oscura y ansiosa que lo lleva a transgredir la última frontera. Su boca de mujer ávida de sabores recorre cada palmo de su piel, recoge cada gota de su sudor. Y el mar se junta con el océano en un fluir cálido y salvaje.

Al despertarse por la mañana lo primero que recuerda es la mariposa, pero no la encuentra, ya no estaba. En cambio, a su lado yace una mujer extraña, de cabellos negros y piel blanca, durmiendo desnuda, relajada, tranquila, tendida como si ese hubiese sido su lugar desde siempre: dueña de sí y de él. El tatuaje en la curva de su espalda le recordará para siempre esa hermosa mariposa de colores y formas únicas que no podrá ya poseer…


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miércoles 13 de mayo de 2009

LA MUJER DEL ESPEJO…


La mujer del espejo se mira en la penumbra de la habitación, sus senos desnudos se reflejan entre sombras y luces lejanas, como solía hacerlo el faro de Alejandría en el mar calmo de unas costas ya remotas y en el tiempo...Como si la tormenta se anunciara, sintió el repentino abrazo por la espalda, los brazos rodeándola por completo y sus senos cubiertos por dos manos grandes. Cerró los ojos y sintió entre sus nalgas la amenaza de un barco en su puerto escondido, e inmediatamente sus labios internos se mojaron y sus fantasías despertaron... Y su cuerpo saltó hacia esa amenaza, como el águila a su presa, como la gaviota al cardumen desprevenido. Así fue que acomodó los cuerpos de manera tal que ella pudiera ir sentándose suavemente sobre el mástil de aquel barco, penetrándose a sí misma, sintiéndose mujer, hermafrodita, flor y espina, dejándose caer en el delicioso dolor de un tronco penetrándola y que ella hubiera chupado con toda la boca si no fuera porque su cerradura estaba siendo abierta y sentía el avance de ese mástil decidido, duro y latiendo enterrarse poco a poco en su cuerpo, como un barco se entierra en la tormenta, como una espada se entierra en la tibieza del abdomen, deliciosa muerte tibia, deliciosa muerte lenta. El dulce dolor que sintió al advertir que el mástil del barco se abría paso entre su puerto más intimo, se transformó en el extenso placer de saberse atropellada por atrás, el deleite de consentir ser vejada, gritando la delicia de percibir que su ojal cede, que se deja abrir, que se elastiza dejando paso a un tropel de bestias, animales incapaces de perdonar sus delicados tejidos, buscando ultrajarla... y entonces se deja caer con todo el peso de su cuerpo, y siente que toda la estaca se clava en su interior, y luego sale y luego entra por su cueva oscura, exquisitamente penetrada. Y no aguanta el placer y se contorsiona, se arquea para atrás y siente la tirantez de estar estaqueada a la tormenta que la deja sin sentidos, que amenaza con sacarla de su propio ser, naufragio placer, sensación de infinito que llega a su fin, ganas de principio, ganas de otra vez...



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domingo 10 de mayo de 2009

EN EL BAR


Se encontraron en el bar de la estación de buses. Salían de viaje de vacaciones en una hora. Tomaban un café en una mesa cerca del lavabo. Ya el bullicio del día inundaba el salón. Él se levantó y fue al lavabo. Ella esperó unos minutos y fue tras él. Trabaron la puerta y se encontraron jadeantes uno frente al otro. Mirándose a los ojos fijamente los dos se despojaron de sus ropas. En un instante, de pie, él la alzó en sus brazos y la acomodó sobre su pelvis. Ella rodeó con las piernas su cadera y dejo que entrara en su abertura ese dardo suave y ardiente. Su espalda sobre la pared fría contrastaba con el calor de su piel. Y se aferró a sus hombros para sostener los embates de fuego y agua que lamían sus entrañas. Mil mareas golpearon esas playas, mil sombras se desvanecieron, mil montes se irguieron, mil soles sonrieron…

Al escuchar unos golpes en la puerta se recompusieron en sus formas. Ella salió y se dirigió a su mesa. Él sonrió solo frente al espejo. Salió del lavabo y fue a la mesa donde ella lo esperaba, y le preguntó:

- ¿Quieres otro café?

Y ella le respondió:

- Sí, quiero muchos más…


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viernes 8 de mayo de 2009

FRAGMENTO...


“En el espejo, frente a la cama, contemplé los movimientos vertiginosos y lentos de un animal que mis ojos jamás habían visto. Vi que las piernas convulsas del cuadrúpedo luchaban entre sí. Vi que las cuatro piernas se fundían en dos. Vi que el bellísimo monstruo era bicéfalo, se arrancaban los hocicos. Vi la desesperación de sus cuatro ojos resistiéndose a ser dos. Y en los ojos que sobrevivieron vi el júbilo de ser ya sólo dos. Vi cómo los veinte dedos de las manos de la bestia forcejeaban, se debatían, desaparecían detrás de su lomo y reaparecían convertidos en diez, las uñas de uno en los dedos del otro. Vi que sus nuevas manos acometían lo que quedaba de sus rostros, desgajaban dos de los cuatro labios del jadeante animal malherido, le dejaban una sola, insaciable boca. Vi que uno de los labios pertenecía a la nueva cara y el otro a la abolida. Vi que las crines, ahora sin contienda, mansamente se entremezclaban en una sola pelambre de cabellos, ora negros, ora castaños, ora azabaches, ora verdes. Vi cómo la bestia se iba pacificando, aquietando, aletargándose. Y entonces, sólo entonces, vi que el prodigioso animal reposaba en nuestro lecho y no en el lecho del espejo. Y nuestros cuerpos eran su cuerpo. Y que en su rostro se mezclaban las facciones de Marie Claire con las mías. Y comprendí que ella era yo, que yo era ella, que él era yo y ella era él. La miré. Me miró. La nos miré. Me nos miró. ¡Éramos el ejemplar único de una especie única, principio y fin de una raza extinguida, el postrero ejemplar de una especie que algún día iba a nacer!”


Pd.: Fragmento del libro “La danza inmóvil” de Manuel Scorza (1983).